La compuerta número 12 — Baldomero Lillo

de Biblioteca CosmoStory

1 capítulos · 2560 palabras

Sinopsis

Pablo tiene ocho años y baja por primera vez a la mina de la mano de su padre, que va a presentarlo al capataz. El puesto que le dan es abrir y cerrar una puerta de ventilación en un rincón adonde no llega la luz. El padre le explica que se va a acostumbrar, y el capataz recuerda que en esa casa se debe plata. Al chico terminan atándolo con una cuerda. Baldomero Lillo (Chile). Obra en dominio público: el texto es el original en español, publicado íntegro y sin alterar por la Biblioteca CosmoStory. Transcripción procedente de Wikisource.

Primeras páginas

Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oidos i el piso que huia debajo de sus pies le producía una estraña sensacion de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura habia, entrevista al penetrar en la jaula, i sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundian con vertijinosa rapidez. En aquel silencioso descenso sin trepidacion ni mas ruido que el del agua goteando sobre la techumbre de hierro las luces de las lámparas parecian prontas a estinguirse i a sus débiles destellos se delineaban vaga mente en la penumbra las hendiduras i partes salientes de la roca: una serie interminable de negras sombras que volaban como saetas hacia lo alto.

Pasado un minuto, la velocidad disminuyó bruscamente, los pies asentáronse con mas solidez en el piso fujitivo i el pesado armazon de hierro, con un áspero rechinar de goznes i de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la galería.

El viejo tomó de la mano al pequeño i juntos se internaron en el negro túnel. Eran de los primeros en llegar i el movimiento de la mina no empezaba aun. De la galeria bastante alta para permitir al minero erguir su elevada talla, solo se distinguia parte de la techumbre cruzada por gruesos maderos. Las paredes laterales permanecian invisibles en la oscuridad profunda que llenaba, la vasta i lóbrega escavacion.

A cuarenta metros del pique se detuvie ron ante una especie de gruta escavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollin, colgaba un candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia, la apariencia de una cripta enlutada i llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años hacia anotaciones en un enorme rejistro. Su negro traje hacia resaltar la palidez del rostro sumado por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza i fijó una mirada interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz llena de sumision i de respeto:

—Señor, aquí traigo el chico.

Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el cuerpecillo endeble del muchacho. Sus delgados miembros i la infantil inconciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos mui abiertos como de medroza bestezuela, lo impresionaron desfavorablemente, i su corazon endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias, esperimentó una piadosa sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado a sus juegos infantiles i condenado, como tantas infelices criaturas a languidecer miserablemente en las húmedas galerias, junto a las puertas de ventilacion. Las duras líneas de su rostro se suavizaron i con finjida aspereza le dijo al viejo que mui inquieto por aquel exámen fijaba en él una ansiosa mirada:

¡Hombre! este muchacho es todavía mui débil para el trabajo. ¿Es hijo tuyo?

— Si, señor.

— Pues debias tener lástima de sus pocos años i antes de enterrarlo aquí enviarlo a la escuela por algun tiempo.

Señor, balbuceó la voz ruda del minero en la que vibraba un acento de dolorosa súplica, somos seis en casa i uno solo el que trabaja, Pablo cumplió ya los ocho años i debe ganar el pan que come i, como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores que no tuvieron nunca otra escuela que la mina.

Su voz opaca i temblorosa se estinguió repentinamente en un acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el capataz vencido por aquel mudo ruego llevó a sus labios un silbato i arrancó de él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galeria. Oyose un rumor de pasos precipitados i una oscura silueta se dibujó en el hueco de la puerta.

— Juan, esclamó el hombrecillo, dirijiéndose al recien llegado, lleva este chico a la compuerta número doce, reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida.

I volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro i severo:

—He visto que en la última semana no has alcanzado a los cinco cajones que es el mínimun diario que se exije de cada carretero. No olvides que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja, para que ocupe tu sitio otro mas activo.

I haciendo con la diestra un ademan enérjico, lo despidió.

Los tres se marcharon silenciosos i el rumor de sus pisadas fué alejándose poco a poco en la oscura galeria. Caminadban entre dos hileras de rieles cuyas traviesas hundidas en el suelo fangoso trataban de evitar alargando o acortando el paso, guiándose por los gruesos clavos que sujetaban las barras de acero. El guia, un hombre jóven aun, iba delante i mas atras con el pequeño Pablo de la mano seguia el viejo con la barba sumida en el pecho, hondamente preocupado. Las palabras del capataz i la amenaza en ellas contenida habian llenado de angustia su corazon. Desde algun tiempo su decadencia era visible para todos, cada día se acercaba mas el fatal lindero que una vez traspasado convierte al obrero viejo en un trasto inútil dentro de la mina. En balde desde el amanecer hasta la noche durante catorce horas mortales, revolviéndose como un reptil en la estrecha labor , atacaba la hulla furiosamente, encarnizándose contra el filon inagotable que tantas jeneraciones de forzados como él arañaban sin cesar en las entrañas de la tierra.

Pero aquella lucha tenaz i sin tregua convertia mui pronto en viejos decrépitos a los mas jóvenes i vigorosos. Allí en la lóbrega madriguera húmeda i estrecha, encorvábanse las espaldas i aflojábanse los músculos i, como el potro resabiado que se estremece tembloroso a la vista de la vara, los viejos mineros cada mañana sentian tiritar sus carnes al contacto de la vena. Pero el hambre es aguijon mas eficaz que el látigo i la espuela, i reanudaban taciturnos la tarea agobiadora i la veta entera acribillada por

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