El chiflón del diablo — Baldomero Lillo

de Biblioteca CosmoStory

1 capítulos · 3995 palabras

Sinopsis

En la mina hay una galería que los obreros llaman el Chiflón del Diablo y a la que sólo mandan a los que no pueden negarse. A Cabeza de Cobre lo trasladan ahí el día en que la empresa decide achicar la cuadrilla. Su madre ya perdió al marido y a un hijo bajo tierra, y se lo recuerda cada mañana antes de que salga. Él baja igual, porque en esa casa se come de eso. Baldomero Lillo (Chile). Obra en dominio público: el texto es el original en español, publicado íntegro y sin alterar por la Biblioteca CosmoStory. Transcripción procedente de Wikisource.

Primeras páginas

En una sala baja i estrecha, el capataz de turno sentado en su mesa de trabajo i teniendo delante de si un gran rejistro abierto, vijilaba la bajada de los obreros en aquella fria mañana de invierno. Por el hueco de la puerta se veia el ascensor aguardando su carga humana, que, una vez completa, desaparecia con él, callada i rápida, por la húmeda abertura del pique.

Los mineros llegaban en pequeños grupos i, miéntras descolgaban de los ganchos adheridos a las paredes sus lámparas ya encendidas, el escribiente fijaba en ellos una ojeada penetrante, trazando con el lápiz una corta raya al márjen de cada nombre. De pronto, dirijiéndose a dos trabajadores que iban presurosos hacia la puerta de salida los detuvo con un ademan, diciéndoles:

—Quédense ustedes.

Los obreros se volvieron sorprendidos i una vaga inquietud se pintó en sus pálidos rostros. El mas jóven, muchacho de veinte años escasos, pecoso, con una abundante cabellera rojiza, a la que debia el apodo de Cabeza de Cobre, con que todo el mundo lo designaba, era de baja estatura, fuerte i robusto. El otro mas alto, un tanto flaco i huesudo, era ya viejo, de aspecto endeble i achacoso.

Ambos con la mano derecha sostenían la lámpara i con la izquierda un manojo de pequeños trozos de cordel en cuyas estremidades habia atados un boton o una cuenta de vidrio de distintas formas i colores: eran los tantos o señales que los barreteros sujetan dentro de las carretillas de carbon para indicar arriba su procedencia.

La campana del reloj, colgado en el muro dió pausadamente las seis. De cuando en cuando un minero jadeante se precipitaba por la puerta, descolgaba su lámpara i con la misma prisa abandonaba la habitacion, lanzando al pasar junto a la mesa una tímida mirada al capataz, quien, sin despegar los labios, impasible i severo, señalaba con una cruz el nombre del rezagado.

Despues de algunos minutos de silenciosa espera el empleado hizo una seña a los obreros para que se acercasen, i les dijo:

—Son ustedes barreteros de la Alta, no es así?

—Si, señor, respondieron los interpelados.

—Siento decirles que quedan sin trabajo. Tengo órden de disminuir el personal de esa veta.

Los obreros no contestaron i hubo por un instante un profundo silencio.

Por fin el de mas edad, dijo:

—¿Pero se nos ocupará en otra parte?

El individuo cerró el libro con fuerza i echándose atras en el asiento con tono serio contestó:

—Lo veo difícil, tenemos jente de sobra en todas las faenas.

El obrero insistió:

—Aceptamos el trabajo que se nos dé, seremos torneros, apuntaladores, lo que Ud. quiera.

El capataz movia la cabeza negativamente.

—Ya lo he dicho, hai jente de sobra i si los pedidos de carbon no aumentan, habrá que disminuir tambien la esplotacion en algunas otras vetas.

Una amarga e irónica sonrisa contrajo los labios del minero, i esclamó:

—Sea usted franco, don Pedro, i díganos de una vez que quiere obligarnos a que vayamos a trabajar al Chiflon del Diablo.

El empleado se irguió en la silla i protestó indignado:

—Aquí no se obliga a nadie. Así como Uds. son libres para rechazar el trabajo que no les agrade, la Compañia, por su parte, está en su derecho para tomar las medidas que mas convengan a sus intereses.

Durante aquella filípica, los obreros con los ojos bajos escuchaban en silencio i al ver su humilde continente, la voz del capataz se dulcificó.

—Pero, aunque las órdenes que tengo son terminantes, agregó, quiero ayudarles a salir del paso. Hai en el Chiflon Nuevo o del Diablo como Uds. lo llaman dos vacantes de barreteros, pueden ocupadas ahora mismo, pues mañana sería tarde.

Una mirada de intelijencia se cruzó entre los obreros. Conocian la táctica i sabian de antemano e] resultado de aquella escaramuza. Por lo demas estaban ya resueltos a seguir su destino. No habia medio de eva dirse. Entre morir de hambre o aplastado por un derrumbe era preferible lo último: tenia la ventaja de la rapidez. ¿I adónde ir? El invierno, el implacable enemigo de los desamparados, como un acreedor que cae sobre los haberes del insolvente sin darle treguas ni esperas, habia despojado a la naturaleza de todas sus galas. El rayo tibio del sol, el esmaltado verdor de los campos, las alboradas de rosa i oro, el manto azul de los cielos, todo habia sido arrebatado por aquel Shylok inexorable que, llevando en la diestra su inmensa talega iba recojiendo en ella los tesoros de color i de luz que encontraba al paso sobre la faz de la tierra.

Las tormentas de viento i lluvia que convertian en torrentes los lánguidos arroyuelos, dejaban los campos desolados i yermos. Las tierras bajas eran inmensos pantanos de aguas cenagosas i en las colinas i en las laderas de los montes, los árboles sin hojas ostentaban bajo el cielo eternamente opaco la desnudez de sus ramas i de sus troncos.

En las chozas de los campesinos el hambre asomaba su pálida faz a traves de los rostros famélicos de sus habitantes, quienes se veian obligados a llamar a las puertas de los talleres i de las fábricas en busca del pedazo de pan que les negaba el mustio suelo de las campiñas exhaustas.

Habia, pues, que someterse a llenar los huecos que el fatídico corredor abria constantemente en sus filas de inermes desamparados, en perpetua lucha contra las adversidades de la suerte, abandonados de todos, i contra quienes toda injusticia e iniquidad estaba permitida

El trato quedó hecho. Los obreros aceptaron sin poner objeciones el nuevo trabajo i un momento despues estaban en la jaula, cayendo a plomo en las profundidades de la mina.

La galeria del Chiflon del Diablo tenia una siniestra fama. Abierta para dar salida al mineral de un filon recien descubierto se habian en un principio ejecutado los trabajos con el esmero requerido. Pero a medida que se ahondaba en la roca, ésta se tomaba porosa e inconsistente. Las filtraciones

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