Sab — Gertrudis Gómez de Avellaneda

de Biblioteca CosmoStory

18 capítulos · 55.459 palabras

Sinopsis

Sab administra el ingenio de la familia y quiere a Carlota desde que los dos eran chicos, con la única diferencia de que él es esclavo y ella la hija del amo. Carlota va a casarse con un inglés que revisa las cuentas del ingenio antes de la boda. Sab conoce esas cuentas y podría hablar. Elige otra cosa. Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba). Obra en dominio público: el texto es el original en español, publicado íntegro y sin alterar por la Biblioteca CosmoStory.

Primeras páginas

BIBLIOTECA LATINO-AMERICANA

DIRIGIDA POR

Hugo D. BARBAGELATA

* * * * *

GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA

SAB

(Novela Original)

[Illustration: colofón]

Venta exclusiva:

AG ERÍA EDITORIAL EXCELSIOR 27, Quai de la Tournelle PARIS

Gertrudis Gómez de AVELLANEDA

(1814-1873)

El sol la alumbró con sus primeros rayos en Puerto Príncipe, el 23 de marzo de 1814.

En el apogeo literario de esta mujer, cuyos íntimos llamaron Tula, Cuba no era, por sus adelantos, uno de los tantos islotes perdidos en la inmensidad de los mares, ni tampoco sólo histórico lugar recordador de todas las angustias, de todos los dolores, de todas las alegrías y de todos los anhelos que en confuso tropel se presentaran ante la imaginación caldeada y ambiciosa del genovés iluminado; era algo más, pues si los recuerdos del pasado la hacían grande, las glorias del presente la elevaban por encima del yugo inquebrantable que sobre ella hiciera pesar España.

«Poco antes que la silva de Bello--afirma Rodó--viese la luz en las páginas de aquel Repertorio Americano, _que fué como gallarda ostentación de la inteligencia y cultura de la América libre en el seno de la vida europea, habíanse publicado en Nueva York los versos de un desterrado de Cuba, cuyo nombre debía tener para la posteridad la resonancia del Niágara a que aquellos versos daban ritmo.» También, antes que él, antes que el cubano José María de Heredia, un autor con un libro había abierto el pórtico de oro que mostraba, exuberante de savia y de verdura, la pródiga vegetación americana, y descorrido el velo que cubría bajo sus pliegues poco diáfanos el don sublime del romántico decir junto a la prodigiosa facultad creadora del poeta: ese libro era René, y ese autor Chateaubriand_.

_A aquella patria, a la que produjo a Heredia, Plácido, Zenea y Martí, y que no era la península donde el novelista francés se inspirara, pertenece la Avellaneda. Sin embargo, su obra literaria se distingue de la de sus compatriotas. En éstos domina la nota triste y gemebunda; sufrieron la influencia de las circunstancias extraordinarias que los rodeaban. Hijos de una generación cuyo ideal fué la independencia de la isla, a él consagraron sus estrofas y algunos hasta su vida; los contrastes y las persecuciones, lejos de apagar, enardecían su entusiasmo, y cuando la censura pretendía ahogar su voz, cantaban a Polonia, a Grecia, a Irlanda, a todos los pueblos cuya suerte se asemejaba a la de Cuba martirizada. La literatura francesa, y sobre todo la romántica, la de la época de Athala, Pablo y Virginia, Graciela y Los Destinos, fué también la que ejerció mayor influencia sobre esos espíritus melancólicos y desesperados_.

La Avellaneda no sintió sólo esas influencias; desde muy joven, acontecimientos privados la separaron de ese ambiente de aspiraciones patrióticas; a ella, retoño vigoroso de un feliz connubio de andaluza y americana sangre; a ella, que por los temas en que se inspira y por la energía resaltante de sus versos parece más bien nacida para cantar a los mártires y a los héroes que para imitar a Arriaza y Meléndez.

Quintana sí merecía ese honor, y también Byron el excelso.

Mas, ella pagó su tributo a Natura, que hizo originales a los hombres, relegando al olvido a las mujeres. Por eso sus producciones son reposadas, serenas, de corte clásico. «La poesía de Cuba--afirma Merchán,--ha sido quejumbrosa en los últimos treinta años (1881); de todas nuestras grandes arpas sólo la de Gertrudis Gómez de Avellaneda ha sido herida por otros vientos, y es claro que habiéndose formado su genio en España no pudo sufrir, como todos los demás, la acción opresora de un Gobierno que no quería ni debía hacerse amar.»

El talento de doña Gertrudis fué de una precocidad admirable. Si es verdad que el poeta nace y no se hace, esta Melpómene moderna, como alguien la ha llamado, nació con el estro de la poesía: a la edad de ocho años perdió a su padre, y en tiernas estrofas lloró su duelo y su orfandad. A aquellas siguieron otras composiciones poéticas que su autora entregó más tarde al fuego, porque las consideraba simples ensayos, indignos de perdurar.

«Nadie podría--escribe un crítico español--negarle la supremacía sobre cuantas personas de su sexo han pulsado la lira castellana, así en éste como en los pasados siglos.» Fué también la primera que logró hacer representar obras dramáticas en los lugares donde antes actuara como actriz aficionada: en 1840, escribió, en Sevilla, su primer drama, Leoncia, que obtuvo un éxito lisonjero en los teatros de Cádiz, Málaga y Granada.

En 1844, ya perfeccionado su gusto y su estilo gracias a los benéficos consejos de don Juan Gallego, el ilustre traductor de Manzoni, publicó Alfonso Munio, tragedia de estilo clásico, imitada de Byron, y también Saúl, según Durieu «uno de los más atrevidos y felices rasgos de ingenio del teatro español.»

Tras otras varias, dió a luz Baltazar, tragedia de argumento bíblico, que algunos críticos estiman como su obra maestra, bien que no se desprende en ella la autora de la influencia del soldado de Missolonghi; no obstante el corte clásico del drama, se notan en él ciertos caracteres románticos a través del estilo y la tendencia.

Publicó, por último, varias novelas, a las cuales la crítica las juzga, con motivo, la parte más débil de su actividad literaria, a pesar del aplauso que le prodigaron sus contemporáneos.

En sus célebres sonetos A Washington, Al Sol, y Al Partir, escrito en 1836, cuando por primera vez se alejaba de la perla de las Antillas, se descubre el carácter vigoroso, la energía intensa de doña Gertrudis que, según su biógrafo don Manuel de la Cruz, «no sintió nunca afectos dulces o apacibles.»

Finalizamos, pues, nuestro modesto juicio, y sin rayar en las exageraciones de aquellos que, en su sed de ensalzar lo grande ya de por sí, hacen a la Avellaneda superior a Hugo, a Goldsmith, a Meléndez, a Tíbulo, a Racine y a Corneille, nos vemos en la necesidad de considerarla mujer incomparable y poetisa

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Esta obra es de dominio público y la publica la Biblioteca CosmoStory.

  1. Capítulo 1 · Prólogo
  2. Capítulo 2 · CAPITULO I
  3. Capítulo 3 · CAPITULO II
  4. Capítulo 4 · CAPITULO III
  5. Capítulo 5 · CAPITULO IV
  6. Capítulo 6 · CAPITULO V
  7. Capítulo 7 · Parte veloz como una flecha y al atravesar la taranquela se encuentra
  8. Capítulo 8 · CAPITULO VI
  9. Capítulo 9 · CAPITULO VII
  10. Capítulo 10 · CAPITULO VIII
  11. Capítulo 11 · CAPITULO IX
  12. Capítulo 12 · CAPITULO X
  13. Capítulo 13 · CAPITULO XI
  14. Capítulo 14 · CAPITULO I
  15. Capítulo 15 · CAPITULO II
  16. Capítulo 16 · CAPITULO III
  17. Capítulo 17 · CAPITULO IV
  18. Capítulo 18 · CAPITULO V

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