Juan Fariña — Baldomero Lillo

de Biblioteca CosmoStory

1 capítulos · 3808 palabras

Sinopsis

Al capataz de la mina se le presenta un desconocido que camina tanteando el suelo con un bastón y pide trabajo de barretero. Es ciego, y lo dice sin bajar la cabeza: no ve nada, pero tiene buenas manos y no le asusta ningún trabajo. Lo aceptan medio en broma y él baja al pozo como si conociera el camino. Sobre lo que Juan Fariña fue a hacer bajo tierra, en esa costa todavía se cuentan cosas cuando suena la campana. Baldomero Lillo (Chile). Obra en dominio público: el texto es el original en español, publicado íntegro y sin alterar por la Biblioteca CosmoStory. Transcripción procedente de Wikisource.

Primeras páginas

Sobre el pequeño promontorio que se interna en las azules aguas del golfo se ven hoi las viejas construcciones de la mina de....

Altas chimeneas de cal i ladrillo se levantan sobre los derruidos galpones que cobijan las maquinarias, cuyas piezas roída» por el orín descansan inmóviles sobre su» basamentos de piedras. Los émbolos ya no avanzan ni retroceden dentro de los cilindros, i el enorme volante detenido en su carrera parece la rueda de un vehículo atascado en aquel hacinamiento ele escombros carcomidos por el tiempo.

En lo mas alto, dominando la líquida inmensidad, la cábria destácalas negras líneas de sus maderos entrecruzados en el fondo azul del cielo como una cifra siniestra i misteriosa. En las agrias laderas, las casas de los obreros muestran sus techos hundidos i por los huecos de las puertas i ventanas, arrancadas de sus goznes, se ven las blanqueadas paredes llenas de grietas delas desiertas habitaciones.

Algunos años atras ese paraje solitario era asiento de un poderoso establecimiento carbonífero i la vida i el movimiento animaban esas ruinas donde no se escucha hoi otro rumor que el de las olas, azotando los flancos de la montaña.

Densas columnas de humo se escapaban entónces de las enormes chimeneas i el ruido acompasado de las máquinas, junto con el subir i bajar de los ascensores en el pique, no se interrumpian jamas. Mientras allá abajo en las habitaciones escalonadas en la falda de la colina las voces de las mujeres i los alegres gritos de los niños se confundian con el ruido del mar en aquel sitio siempre inquieto i turbulento.

En una mañana de Enero, en tanto que la máquina lanzaba sus jadeantes estertores i las blancas volutas del vapor se desvanecian en el aire tibio convirtiéndose en lluvia finísima, un hombre subia por el camino en direccion a la mina. Era de elevada estatura i por su traje cubierto por el polvo rojo de la carretera parecia mas bien un campesino que un obrero. Un saco atado con una correa pendia de sus espaldas i su mano derecha empuñaba un grueso baston, con el que tanteaba el terreno delante de si.

Mui en breve aquel desconocido se encontró en la plataforma de la mina, donde pidió lo llevaran a presencia del capataz. Este, que en ese instante se dirijia al pozo de bajada, se detuvo sorprendido ante el inválido visitante:

—Amigo, díjole, yo soi el que buscas, ¿quién eres i qué es lo que deseas?

—Me llamo, Juan Fariña, i quiero trabajar en la mina, fué la breve contestacion del interpelado.

Los presentes se miraron i sonrieron.

—¿I de qué deseas ocuparte?—prosiguió en tono un tanto burlon el capataz.

—De barretero, — respondió tranquilamente el ciego.

Un murmullo partió del grupo de obreros que rodeaban el borde del pique i algunas carcajadas comprimidas estallaron.

—Camarada, dijo el capataz, contemplando la férrea musculatura del postulante, sin duda no será fuerza lo que te haga falta., pero para ser barretero hai que tener buen ojo i un ciego como tú no servirá para el caso.

—Nada veo, repuso, pero tengo buenas manos i no me asusta ningún trabajo.

—Quedas aceptado, dijo el capataz, despues de un instante de vacilacion: un ciego que no pide limosna i desea trabajar merece ser bien acojido; puedes empezar cuando gustes.

—Mañana a primera Lora estaré aquí, respondió el orijinal personaje i se alejó, pasando con la cabeza erguida i las blancas pupilas fijas en el vacio por entre la turba de obreros que contemplaban admirados sus anchos hombros i su musculoso cuerpo de atleta.

En la mañana del siguiente dia, Juan Fariña, con la blusa i pantalon del minero, una pequeña cesta con la merienda en una mano i el baston en la otra, penetraba en la jaula en compañia de un capataz i varios trabajadores. Todos cubríanse la cabeza con la tradicional gorra de cuero i en todas ellas, escepto en la del ciego, sujetas a la visera brillaban encendidas pequeñas lámparas de aceite.

A una señal del jefe, la jaula se hundió súbitamente en el abismo negro del que subia un vaho lijero que se condensaba en cristalinas gotas a lo largo de los flexibles cables de acero.

Terminado el descenso se internaron en la mina, siguiendo los oscuros corredores, por los que el ciego caminaba con la seguridad de un minero esperimentado. Sus acompañantes admiraban aquella especie de instinto que le hacia adivinar los obstáculos i evitarlos con pasmosa sagacidad. Su baston era un antena que se movia axilmente en todas direcciones, tocando las paredes, el suelo i la techumbre de las galerias, que a medida que avanzaba se inclinaban mas i mas, obligándole a encorvar su alta estatura i a rozar con sus espaldas las escabrosidades de la roca.

En breve abandonaron las galerias de arrastre i penetraron en las canteras donde se estrae el mineral. Arrastrándose en al algunos sitios sobre las manos i las rodillas, internáronse en aquellos estrechos túneles, subiendo i bajando rapidísimas pendientes. Por todas partes se oia un golpear incesante: al ruido sordo del pico mordiendo el venero, mezclábase el son mas claro del martillo sobre la barrena. A veces una violenta imprecacion rasgaba aquel ambiente irrespirable, impregnado de humo i de polvo de carbon; quejidos hondos i un resoplar continuo de bestias fatigadas salian de aquellos agujeros en medio de las tinieblas, en las que aparecian i desaparecian las luces fujitivas de las lámparas como fuegos fátuos en las sombras de la noche.

Despues de media hora de penosa marcha se detuvieron ante una pequeña escavacion abierta la vena. De forma rectangular, mui baja i angosta, media apenas un metro de alto, i en sus negras paredes, heridas por los rayos mortecinos de las lámparas, las agudas aristas del carbon tomaban tintes azulados i brillantes.

Despues de de escuchar silencioso las indicaciones del capataz, el nuevo obrero penetró resueltamente en la estrecha abertura i mui luego su fatigosa respiracion i el golpe seco i repetido del acero se confundieron

Leer completo, sin cuenta

Esta obra es de dominio público y la publica la Biblioteca CosmoStory.

Leer la obra completa

Crea tu cuenta y no pierdas el hilo

Esta obra se lee entera sin cuenta. Con una cuenta gratuita guardas por dónde vas, subrayas, tomas notas y le preguntas a la IA sobre lo que lees.

Crear cuenta o iniciar sesión